jueves, enero 17, 2008

Resignado y refractario: Los peligros del tren.

He llegado a la científica conclusión de que, a despecho de la fortuna que me hubo sonreído alguna vez, soy un resignado (ya no irascible) y un refractario irredento. No frente a lo fundamental de las cosas de la vida; tan sólo respecto a un par de cosas, accesorias y carentes de importancia. Sí, pero es que yo renuncié no hace tanto a lo fundamental y prioritario de los asuntos porque eso se lo dejo a los responsables que ejercen. Lo mío tiene por tótem lo accesorio, la piel indefinida que rodea a cada una de las circunstancias. Por eso resulta, al menos para mí, ilustrar el porqué de lo resignado y el por que sí de refractario. Veamos. Yo tengo ordenador (¿podría ser de otro modo?); su portabilidad se encierra en un maletín ‘ad hoc’ que dispone: a/ dos compartimentos, b/ un asa, c/ una bandolera y d/ dos tiradores de cremallera por cada compartimento, en uno de los cuales tiene cabida el propio ordenador. Cada vez que dispongo el uso del artilugio quedo sometido a las leyes del azar: dos tiradores de cremalleras por dos compartimentos suponen cuatro alternativas y las posibilidades de que acierte a la primera es, por tanto, de ¼. Pues bien, irremediablemente siempre doy con el tirador de la cremallera adecuado al cuarto intento, siempre. Incluso cuando a veces (consciente de mi mala suerte) hago un amago y elijo una solución distinta a la que hube optado en un principio, ¡también soy presa del error¡ Pero es que además, ya de lleno en la cuarta opción, la correíta de la bandolera siempre queda pellizcada en la cremallera, por joder. Antes me irritaba; ahora me conformo. Yo, pues, soy un resignado. Pero también un refractario ante otros asuntos de poca monta, hijuelas de algo principal. Tiene que ver con los viajes en tren, esos viajes tan placenteros en donde la tranquilidad se supone garantizada. Un par de educados mozos o mozas te interrumpen durante una hora y quince minutos ofreciendo con suma educación un montón de cosas: ‘¿desea un periódico?’, ‘¿le apetece un zumo?’, ‘¿unos auriculares?, ‘¿desea una toallita caliente?’, ‘tenga Vd. la carta del desayuno’. Luego te traen un aborrecible menú en una bandeja de plástico; al rato te ofrecen bebida, después que si quieres más pan; luego, café o infusión. Antes de recoger, se insiste: ‘algo más’. No, ¡coño! Y así durante hora y cuarto. Pero la cosa no acaba aquí.
Cuando te dispones a leer o dormir, o meditar acerca de los distintos niveles de los aleph de Cantor, ¡suena un móvil¡ Comienza el espectáculo del merluzo con corbata que viaja en los primeros asientos. La voz es profunda. Timbre, tono y altura dan cobijo a unos comentarios insulsos pero que ‘voceados’ por el merluzo de adelante adquieren tintes épicos: ‘…he llamado a Roberto y le he dicho que el albarán de los botes lo tiene que cambiar porque el camión cargó después de las ocho y no estaba Benito; como llego a Albacete a las doce y media se lo vuelvo a recordar’. Mientras, lo más profundo de mi corazón refractario dice (no sé si en voz alta) ¡Dale recuerdos al padre de Benito¡’ Por último, una voz en off, a pique de llegar a tu destino, hace votos por que el viaje haya sido agradable y, también, que no olvidemos nuestro equipaje no sea que las cremalleras del maletín se queden en el tren.
Los viajes en tren tienen dos peligros: uno, que pueden convertirte en un resignado; y otro, que al final del trayecto te quedes con la pepla del albarán del padre de Benito. Estos y no otros son los principales riesgos que se corren al viajar en tren. Si bien antes (no sé si todavía ahora también) los peligros eran muy otros.
Juan Guillamón.
La verdad, enero 2008.

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