martes, septiembre 21, 2010

Entre cristales rotos, volvió a despertar Roque.


         Entre cristales rotos, volvió a despertar Roque.
         El cine es una de las mejores academias para entender las desventuras humanas. 'El Chico' de Chaplin es una enternecedora visión de algunas de las miserias que nos depara la vida y que concluyen en la desdicha. Cuando la miseria muerde sin misericordia al hambriento y desarrapado, todo lo que sea hacer frente (con cualquier medio) a las circunstancias es válido. El Chico, por delante de su tutor, apedreaba cuantas cristaleras se le ponían delante para que, instantes mágicos después, apareciera Charlot-tutor (el cristalero) para proponer su arreglo. También en 'Los Pilares de la Tierra' (ahora, una serie sobre tal novela la pasan por TV) otro nenico –responsable y casi autista- prende fuego a una iglesia para dar oportunidad a que Tom, el cantero, haga posible el sueño de construir una catedral. En fin.
         Se da la circunstancia vergonzosa (permítaseme empezar calificando) de que, cuando este Gobierno ha desarticulado todo el conjunto de opciones hidráulicas que España hubo utilizado (desde Jovellanos, regeneracionistas como Costa, Benjumea,  Manuel Lorenzo, Prieto, Benet, Borrell etc..), ahora salga a la palestra para decir: ¡esto no puede seguir así'! Y descubre la pólvora escondida en la Ley de Aguas (1985), revisa el prodigio postmoderno de lo que fue el inicio de las Confederaciones Sindicales Hidrográficas (finales años 20) y suscribe el incontestable asunto de la 'unidad de cuenca’. Propone arreglar los cristales rotos de la plural España después de haber dejado el odeón hidráulico hecho una auténtica mierda: Mientras que en la Carta de Zaragoza se consagra el sagrado precepto de la unidad de cuenca, en Sevilla (la Virgen de la Cueva) se formalizaba la cesión territorial del Guadalquivir a Andalucía. El Estatuto de Aragón se arrogaba una cantidad desmedida de agua (¡6.550 hm3!) para el uso y disfrute de aragoneses, porque sí y sin precisar qué es lo que pasa con la cuenca del Ebro (y sus ocho comunidades por las que discurre). Lo preceptivo acerca de los trasvases se alinea en el famoso ‘estatut’, poniendo en parihuelas eso de ‘Es competencia del Estado la legislación, ordenación y concesión de recursos y aprovechamientos hidráulicos cuando las aguas discurran por más de una comunidad’. En Castilla y León se admite apuntarse al carro de la ‘descentralización’, y su Estatuto reclama competencias sobre las aguas que tengan su nacimiento en su Comunidad (solo faltaría que Cantabria hiciera suyo el Ebro por aquello de que ‘nace en Fontibre, cerca de Reinosa, provincia de Santander…). Las diez confederaciones en que se distribuía  el mapa hidráulico español han pasado a convertirse en un puñado (estúpido puñado) de demarcaciones. En Castilla La Mancha, el silencio (o la ineptitud) del Gobierno  central ha permitido de hecho que los manchegos se consideren dueños del río Tajo. El despropósito perpetrado contra el trasvase del Ebro y su anulación, dando satisfacción política a sus detractores y la consiguiente demonización de los trasvases, es sin duda el elemento que califica a toda una política destructora del poder central sobre las autonomías-
         Y el uso sectario de la Directiva Marco, y la no formalización en plazo de los Planes de Cuenca (en donde, y por cierto, las necesidades de agua están condicionadas –de ‘adelante hacia atrás- por la voluntad de impedir los trasvases, y la utópica aplicación de las desalinizadoras a la agricultura etc.. han contribuido a desmochar cristales y cierres sin cuento al acervo cultural hidráulico de nuestra plural España.
         Ahora el PSOE, como cristalero razonable, propone la reparación de todo el mal hecho: su secretario de Medio Ambiente, Hugo Morán (el portavoz de los cristaleros y apagafuegos), ha dicho que “¡No se deben "segregar las competencias ni delegarlas, sino dar cabida a todos en un Ente Gestor, dependiente de la Administración General del Estado, que coordinará todas y cada una de las demarcaciones hidrográficas y sus interdependencias!”.       Cuestión de talante.
         Es decir, que desde que el PSOE decidió abandonar su Plan Borrel hasta hoy, la plural  España ha estado dormida (entre cristales) y cuando despertó dijo, como Roque, ¡Abercoque!
Juan Guillamón.




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