lunes, marzo 01, 2010

SI JUAN BENET HUBIERA SIDO PRESIDENTE

Una vez, rescatando un pensamiento de Juan Benet, pasados 25 años, entendí que tendría la obligación de ponerlo en valor pues sus juicios tenían , por desgracia, una consistencia universal fuera de toda duda. Pensé que, dada el actual panorama hidrológico de la España actual, Benet hubiere enunciado lo que enunció exactamente igual de darse el feliz caso de que siguiera en el mundo de los vivos. Así mismo, y a fin de dejar patente mi total identificación por lo dicho en su día, imaginé un artículo (que luego fue publicado por el diario La verdad) en donde se pusiera de manifiesto mi total identidad con el extraordinario 'ingeniero que escribía como los ángeles' para lo cual utilicé, de manera algo imprudente, el título de "SI JUAN BENET Y YO FUÉRAMOS PRESIDENTES". El contenido del artículo fue completado con alguna formulación mía que no ofrecía duda alguna respecto a que fuera asumida por el propio Benet. Fue el caso de que a alguno de sus hijos le produjo una justificada indignación, que yo respeté pues, no siendo desde luego mi intención la de atribuirme los méritos de Benet, sí que debí consultar con ellos lo audaz de mi propuesta. Pasado el tiempo suficiente y con la intención de que pueda verse la grandeza del pensador Benet, publico en este blog lo que hace justamente un año fue publicado en La verdad. Por dos razones. Una, por la calidad que se encierra respeto a lo que dijo (y diría) Juan Benet. Y, dos, porque, en su día, me disculpé ante quien se sintió ofendido y obtuve su disculpa.

Éste es el asunto:

Si fuéramos Presidentes del Gobierno comenzaríamos, él y yo, por desarrollar una descarada política demagógica que nos ganara a favor del pueblo con el que, sin duda, podríamos mantenernos en el poder durante varios decenios, todo ello actuando sin miramientos. Sin duda, cometeríamos algunas interferencias y desatinos -tales como suprimir al defensor del pueblo o incoar el expediente de prohibición de la fiesta nacional- pero nuestro paso por la presidencia se señalaría por el intento -coronado por el éxito- de corregir el desequilibrio hidráulico español de una vez y para varias generaciones. Durante los primeros 3 años -plazo necesitado por los técnicos para redactar con todo detalle el Plan de Obras Hidráulicas, de alcance nacional- nos ocuparíamos de las diversas cuestiones que hoy afectan opinión pública como la revisión de cuantos estatutos de autonomía nos fueran propuestos para distracción eficiente de los ingenuos ciudadanos, procurando siempre alcanzar diferentes resultados; unos muy positivos, otros decididamente decepcionantes; pero a comienzos del cuarto año -y hasta el término de nuestro mandato- se iniciaría la ejecución de ese Plan como consecuencia del cual ni una gota de agua caída en territorio español sería desaprovechada, excepto aquellas que envía la Naturaleza con intención catastrófica y fijando para ello las condiciones técnicas por las cuales determinaríamos sin discusión los distintos caudales ecológicos para todos y cada uno del conjunto cardinal de los ríos, y sus afluentes, que discurren por esta tan plural España. El Agua (y sus riquezas) dejaría de tener propietario y apellido local, regional o autonómico; ni Aragón con su estúpida reserva de 5.500 Hm3, ni Andalucía con su pretendido abrazo integral al Guadalquivir, conservarían estas improcedentes concesiones territoriales.

Varios acueductos atravesarían nuestro país de norte a sur y de este a oeste, llevando aquí y allá riqueza y prosperidad, al arrullo de la corriente. En el entretanto -¿porqué no?- no tendríamos ningún inconveniente en permitir ciertos abusos y alguna iniquidad, como el abandono de la cultura y el ecologismo a su suerte; no nos preocuparía descuidar muchos problemas de gobierno, como dejar caer en el olvido a Europa o el fútbol (y en su caso, a sus cronistas), hasta el punto de poner la presidencia en peligro y a la cual no vacilaríamos en renunciar si con eso se pudiera alcanzar el objetivo supremo de la política hidráulica y su desideratum: la dotación razonable de agua a todos los españoles, ordenada en el tiempo y en el espacio, independientemente del clima y del territorio, porque las aguas, superficiales y subterráneas, corrientes o estáticas, constituyen un bien público y su aprovechamiento debe estar subordinado al interés general y no sujeto al capricho coyuntural de políticos y territorios. Durante nuestro ejercicio como presidentes del gobierno estaríamos, en fin, obligados a garantizar que todo español disponga de agua en la cantidad y calidad precisa.

Volveríamos a recuperar el trasvase del Ebro, como garantía futura a posteriores trasvases, equilibrados, sostenibles y económicamente baratos en cuanto al consumo energético frente a otros procedimientos hidráulicos que remitiríamos a situaciones de corte más heroico. Los dos, una vez presidentes, determinaríamos las claves precisas para corregir los desmanes de la Naturaleza, al tiempo que haríamos votos por ser su mejor aliado, en el buen seguro de que los ciudadanos estarían dispuestos a votarnos sucesivamente si de inundaciones y sequías fuéramos capaces de librarlos, al tiempo que todo grifo abierto les diera la satisfacción requerida. Iríamos –quizá de rodillas, si así se nos fuera impuesto- en procesión y rogativa hasta Luciana, en la provincia de Ciudad Real, y luego a Orellana, en la de Badajoz, donde el Guadiana traza una curiosa aproximación al Tajo, una cintura única en toda la geografía peninsular, un mínimo minimorum entre las distancias que separan las vías fluviales de primera magnitud de nuestro territorio y que no insinúa, sino define, la traza de la más corta comunicación entre las cuencas primarias. Sí porque el Tajo, una vez fortalecido por el Tiétar y el Alberche, sería el perfecto dador de agua a las tierras sedientas del sur español.

Y para rematar nuestra acción de gobierno de una forma brillante, Juan Benet y yo, divulgaríamos un documento ejemplar en el que se daría cuenta a todos los españoles del volumen total de agua que, en la actualidad, precisan todos los campos de golf en España. Siendo esta cantidad no superior a los 100 Hm3; esto es, el uno por mil de la escorrentía total peninsular (ó el 0,20% de la capacidad de regulación existente en España).

Todo eso haríamos, si fuéramos presidentes.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Después de leer a Juan Benet y a usted, pienso realmente que la idea (en concepto) es la misma. Incluso en retórica lingüistica.
Un Saludo, me sigue alegrando que dedique este blog a sus reflexiones ingenieriles y no se deje llevar por sus pasiones futbolísticas.

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