lunes, marzo 01, 2010

EL ALTOZANO QUE MOLESTA A MAZÓN.


Decir estupideces, al menos para mí, no es exactamente cuestión de estúpidos. Del estúpido integral no puede esperarse nada más allá de una coherente y continuada concreción de manifestaciones cortas de entendimiento y escasas de razón. Fuera de esa coherencia hay quien ocasionalmente desvaría, siendo este desvarío objeto de examen y calificación otorgada en función de la gravedad o potencia del mismo. Así tenemos el caso de la estupidez, creo que ocasional, que deviene de determinada intención del muy reputado abogado Mazón de quien puede afirmarse, entre otras cuestiones, que carece del ya casi extinguido sentido común; ese que deviene de la interpretación oportuna de los asuntos que a muchos incumben y que, por eso de expresar las consideraciones en términos jurídicos, tiene relación directa con el efecto producido. Así, por ejemplo, si de la interpretación estricta de cuestiones jurídicas (y observadas con la lupa que hace grande a la letra pequeña) se derivan consecuencias peores para las personas que si se diera el caso de no haber tomado iniciativa alguna en tal asunto, secundario y de escasa importancia en caso resolutivo, podemos llegar a la conclusión de que a esa iniciativa más le valiera haberse quedado en el fondo de la conciencia estricta de quien apreció erróneamente la grandeza de tan inútil contemplación de la Ley. Estamos, de reojo y sin necesidad de hincarnos de rodillas frente al Cristo de Monteagudo, ante una auténtica estupidez. Estupidez pasajera, no exactamente propia de los estúpidos integrales, ya digo, pero si cercana a quien, sin saberlo, nos convierte a los observadores en algo así como necios, majaderos y modorros, si fuera el caso de que diéramos crédito a tan insólita iniciativa que tiene por fin eliminar el Cristo. Hay quien pensará que la historia de Mazón da pie a la obtención de cierto crédito jurídico, de fama valiosa en el ejercicio de la abogacía, mas yo pienso que es todo lo contrario: a un señor de estas características jamás le encargaría siquiera la defensa de mi perro frente a un caracol, lento y pausado, que osara salir de la sartén, una vez cocinado. Nada de esto.

Pese a todo lo anterior puede el lector darse cuenta de que he llevado el asunto por los derrotes de la objetividad, pero es bien sabido que en asuntos de esta tan original enjundia se hace necesario invocar el espíritu que enciende lo más encomiable de nuestra subjetividad, dando paso así al malhadado ‘juicio de valor’ que tanto apasiona al español. Me irrita el estilo injusto y desarbolado que portan señores como Mazón. Estilo que establece una cierta antelación propedéutica muy acorde con la intención del declarante. Así, la justificación para esta caricaturesca iniciativa es hacer ver la intolerancia y la radicalidad de los católicos; la decadente oscuridad de los cristianos, para lo cual se retrotrae hasta Hypatia (¿), víctima -sin duda- de errores en la interpretación religiosa, si bien no creo recomendable que para la definición del calibre de tal personaje sea ideal tener en cuenta el criterio de Abenámar pues (¡seguro, lector!) existen exégetas más acreditados en este asunto. Se queda corto Mazón con la referencia a Hypatia: siglos después, habría ejemplos mejores para justificar su antipática iniciativa: las Santas Cruzadas (¿) y cosas por el estilo pero que ya están muy superadas. Hoy, la Iglesia nada tiene que ver con asuntos acaecidos hace más de 800 años. Es otra cosa y desde luego dogmatizar que la práctica de la religión es la causa que provoca el oscurantismo de la razón, y por ello obligarse a eliminar el Cristo del altozano de Monteagudo sólo tiene que ver con la estupidez. Siendo así las cosas, y amparándome en lo dispuesto en la leyes (con tal de buscar someramente una vía adecuada) propongo una campaña, legal, objetiva y popular, para que, en el caso de que nuestro intrépido Mazón lograra sus fines, la sustitución de tal efigie perturbadora pudiera ser sustituida por otra que represente a determinada e inmanente figura -en absoluto provocadora- y cuyos brazos caídos reflejaran fielmente el mensaje honesto que llegaría al viandante de modo que éste tomara en su espíritu el inequívoco signo unitario de la lucha contra la injusticia, percibiera el rumor etéreo del canto al amor y el perdón, al tiempo que subsistiera dentro de él la seguridad de estar por siempre enfrentado a la injusticia y a las torpes iniciativas que provocan, porque sí, el rechazo (digamos que) unánime de la generalidad de los hombres. De todos, creyentes y gentiles. Mazón, Mazón, ¡que no has estado muy acertado! JUAN GUILLAMÓN. Febrero, 2010

1 comentario:

Anónimo dijo...

Artículo muy razonado, mucha referencia al derecho legal aplicable, en fin todo un monumento a la inteligencia, digo a las vísceras. Felicidades.

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