lunes, marzo 19, 2012

DE CÓMO UN TIPO MUY NORMAL RECIBE UNA INTERMINABLE OVACIÓN MÁS LARGA Y EMOTIVA.




         Por decenas se pueden contar las asistencias a homenajes y fervorines de personas que me han sido cercanas pero ninguna como ésta que, so pretexto de acompañar a José Manuel Martínez en su jubilación, ha supuesto un montón de emociones –sobre todo a quienes los sentimientos nos domeñan sin miramientos- dadas la intensidad de los aplausos y la interminable duración de los mismos. Siempre –por lo general- se ha tenido por distantes a los grandes triunfadores, a aquellos cuyo liderazgo en lo que fuese se hubiera manifestado con rotundidad. Sin embargo, el caso que nos ocupa es paradigmático en cuanto supone con cierta exactitud aquello de que ‘la excepción confirma la regla’. La brillantez de este joven jubilado (oxímoron perfecto) solo se iguala en magnitud con la sencillez y eficacia llevada a cabo en su gestión. Basta para ello observar (¡admirado!) la sorpresa que supone el examen imparcial de los resultados habidos a lo largo de diez años en la presidencia de MAPFRE, la transformación empresarial conseguida y la perfecta adaptación a los elementos que hacen una empresa grandiosa, cumplidora exacta de los compromisos adquiridos respecto a su función social en esta España, democrática España, que atraviesa una crisis tan lamentable.
         En estos diez años de presidencia, los ingresos consolidados de MAPFRE pasaron de 8.000 millones de euros a 23.000, y los beneficios netos de 300 a 1.600. En cuanto a los puestos de trabajo, en ese mismo período, de 16.000 a 34.000. MAPFRE está entre las primeras empresas de España y es líder mundial del Seguro en muchos países del mundo.
         Agazapado tras unos apellidos tan prosaicos, Babel Martínez actúo con diligencia, deliberadamente ajustado su perfil a la baja y demostró una eficacia capaz de superar, años tras año, los ratios empresariales, por mucho que, cada vez, los objetivos fueran cada vez mayores.
         La vida es tan fugaz que uno no es capaz de sustraerse al vértigo con que los asuntos mundanos transcurren. 40 años no es nada; es en realidad (incierta e inquietante realidad) el ayer inmediato. Por eso, atrapados sin conmiseración en el tiempo, prisioneros de él, en el momento de su despedida, los sentimientos de los casi 2.000 asistentes a lo que, por derecho, fue una ejemplar despedida, se pronunciaron mediante ese interminable aplauso colectivo de todos que, repito, a quienes la emoción nos desborda con facilidad puso el lagrimeo a punto de estallar.
Juan Guillamón.
La verdad, marzo 2012

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