martes, julio 03, 2007

VIAJE -FIN DE ETAPA- A CANTABRIA

Al objeto de emprender una nueva etapa, algunos -osados y optimistas- deciden quemar etapa en Cantabria: ¿Habrá en el mundo paraíso mejor para este heroico menester?, en la esfera de unos cinco mil y pico kilómetros de radio que nos cobija, ¿habrá superficie más acogedora que la Montaña? No. Pues mis amigos y yo, amigos del Colegio, de la Torre, de la carrera, de los disfrutes y las calamidades (pocas) nos hemos ido a cruzar la raya de los sesenta a la Casona de El Arral, en Liérganes, a cincuenta metros del río Miera, cuyo rumor nos ha acompañado en las noches frescas de junio, mientras en Murcia (¡AGUA PARA TODOS!) mis paisanos se cuecen al sol, y con moscas. Carranza (Vizcaya), Liérganes, Santillana, Santander, Puente Viesgo y como principio y final, Parayas.

Pablo, José Luis Nicolás, José Luis Villar, Pepe, Rafa, Antonio, Carlos, Babel, José Manuel y yo; Mª Carmen, Pilar Alda, Mª Dolores G. Bernal, Conchita, Pilar Alonso, Caroli, Charo, Maritó, Mª Dolores Belló y Mariló.


Un recuerdo obligado a José Aberto y Luis Servando: no pudieron estar con nosotros, pero sí nosotros con ellos.
Y gracias a Álvaro Vazquez-Dodero; Piluca y Chuchi; Paco Velado y Luis; Pedro Lagarejo y Chelito; Pepe Aguilar y Natalia, Tomás y toda su Posada, Guzmán el Bueno, Luis y su autobús, el Cuarteto de Cuerdas, Luis, Luisa e Inés. Muy en especial a Marcos Pantaleón -¡qué decir!- y Teo.
Pero sobre todo a mi madre, Maruja, quien nació en Santander, encontró un murciano en la Facultad de Farmacia en Madrid y dejó la Montaña para cuidar de todo el montón de sus hijos en esta querida y reseca tierra que es Murcia (¡agua para todos!, otra vez). Yo soy como los salmones: me muero por volver a las entrañas de donde nací.

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