domingo, julio 17, 2011

LA CIENCIA Y EL EQUILIBRIO ENTRE RIESGO Y BENEFICIO


         La ciencia, la tecnología, la técnica, avanzan que es una barbaridad (igual que la televisión, antes de llegar a España, según dictaba en su día, con música, aquella genial copla). Uno, que se muestra -más que partidario ferviente- admirador de los adelantos tecnológicos que propician científicos valientes, cuyos descubrimientos resultan no precisamente como producto de ciertas doctrinas o filosofías, sino que tienen más que ver con el Arte, sufre como obsesión primera el seguimiento de estos asuntos que tienen que ver con todos los adelantos, ayer no imaginados y hoy de imprescindible uso. Un nivel de asombro me conmueve cuando se nos anuncia la posibilidad inmediata de disponer de la nano-tecnología, en polvos o en cualquier otro tipo de minúsculo continente, a discreción. La agudeza de los científicos, ahora, está bien dispuesta en el examen del mundo natural, pues de la observación de bichos e insectos se deducen propiedades que para los humanos serían de excelente aplicación.
         En esa televisión dispuesta a morir de éxito sobre la base charlatana de medianías metidos a filósofos de pacotilla, aún queda espacio para ‘aprender’ de ciertos documentales. He visto, en uno de ellos, cómo de la distribución de pelos en las patas de las cucarachas se deduce un sistema que detecta la dirección del viento; de la composición biológica de cierto escarabajo, se puede detectar un incendio forestal a más de diez Km. de distancia; de la mosca ‘Omnia’ (y sus ojos) se puede deducir desde donde llega el sonido; las abejas, con su pequeño cerebro del tamaño de un grano de arroz, nos da pistas acerca de cómo ‘recordar’ itinerarios sin temor a confusión. Y, en fin, un conjunto de hormigas jamás equivoca sus tareas, recoge sus bastimentos en orden y en ese mismo orden los coloca a disposición de todo el hormiguero. La tecnología basada en el mundo natural tiene mucho futuro. Sus próximos avances nos sorprenderán de igual modo que a comienzos del pasado siglo sorprendía al común de los ciudadanos ver a uno de ellos montado sobre un chisme, con dos ruedas, circulando a velocidades próximas a los 50 Km./h.
         Claro que todo esto sería estupendo si no fuera porque el progreso tecnológico hace más mal que bien. Tan sólo con afirmar que la primera consecuencia que se produce tras de un descubrimiento científico -que revela una nueva tecnología y en consecuencia su aplicación técnica- es la pérdida de determinados puestos de trabajo, queda justificada la anterior afirmación. Por eso, en no muy contadas ocasiones, los científicos humanistas –más que naturalistas- han advertido de la obligatoriedad de ejercer un férreo control ético sobre los avances tecnológicos no vaya a ser que, como en las películas, los ‘malos’ se apoderen de fórmulas y decodificadores varios para su mal uso, aunque bien mirado no hace falta recurrir a las películas para comprobar cómo en la vida real se lanza una bomba sobre Hiroshima, como si tal cosa, capaz de matar a miles de personas (¿cómo era eso de que la realidad puede superar a la ficción?).
         Y ya que estamos, me muestro partidario de los descubrimientos que se someten a la ética humanista sobre aquellos otros que se amparan en el naturalismo. Estos toman como respeto superior a la propia Naturaleza; la Naturaleza es sabia, no se equivoca y es intocable etc.. En realidad, el hombre está por encima de todo, por encima de la propia Naturaleza, por supuesto, y debe sacar fruto de ella, lo que supone que corresponde al propio hombre conservarla en condiciones para que sea perpetuable (bueno, sostenible) a lo largo de cuantas generaciones fueran posibles en el planeta. Sí, porque la Biosfera (Freeman Dyson) es como un red de inferencias entre plantas, rocas, animales, bichos, océanos, microbios etc., pero gobernados por el hombre. Es posible estar de acuerdo con esto aun reconociendo que el hombre es el único que viola, con cierta recurrencia, el orden-desorden establecido. Y digo orden-desorden porque la Naturaleza también es terne en sus errores que se manifiestan en horribles tragedias: terremotos, inundaciones, sequías etc.  Es necesario apropiarse éticamente de la Naturaleza, acercarse a ella y tocarla con mimo de la manera más responsable posible, pero el tocamiento es verdaderamente necesario pues, ¿no es peor la pobreza e indigencia que las centrales nucleares, puestos a comparar?
       Claro que todo lo anterior debería ser compatible con esta cuestión ética que a todos concierne: Toda acción innovadora que conlleve el riesgo de desastre importante no debe llevarse a cabo, siempre considerando el equilibrio (no ideológico, sí científico) entre el riesgo y los beneficios de tal innovación. Y no es asumible no distinguir entre lo que es un riesgo (conocimiento de las posibilidades de error) y una incertidumbre (desconocimiento de las posibilidades de error).
         
         Nota.- Hay tres tipos de desastres: ecológico, social y económico. Por cierto, en los tiempos que corren, estamos bastante jodidos (fastidiados) por causa de este último.

1 comentario:

Fernando Márquez dijo...

Entre los polvos de la nanotecnología y los tocamientos con mimo a la naturaleza, la cosa va tomando un tinte verde subido.
Y sí, si es infinitamente peor la indigencia que las centrales nucleares, pero eso solo lo saben los indigentes y a esos no se les pregunta.
Y el desatre deportivo, que a veces es catastrófico, ¿Dónde lo metes?

Estado de los embalses 25-04-2017

Una verdadera carrera hacia el desastre hidrológico.